Una mamá toma a su bebé de la cuna, se acomoda en la mecedora, acomoda al niño en su regazo, lo mira, SE miran y se disponen al ritual…

Todos al momento de sentarnos a comer manejamos más o menos los mismos rituales en torno a la comida. ¿Por qué no reparar en aquel ritual tan primario como es el amamantamiento?  De esta manera, la mamá se dispone a alimentar a su hijo, el cual depende absolutamente de ella para alimentarse, y a comenzar un vínculo afectivo que se cristaliza en el amamantamiento; dado que es aquí, en esa especie de cuenco que forma la mama con sus brazos, donde comienzan a conocerse, a darse sus tiempos, a comunicarse a través del lenguaje de las miradas, de los gestos y de las caricias.

El hecho de encontrarse cuerpo a cuerpo en contacto con la piel estimula el vínculo afectivo. Es de esta manera que, con el paso del tiempo y muy de a poquito, el bebé comienza a registrar que existe un otro, que escucha y atiende su demanda de alimento y de afecto, que implica, en muchas oportunidades, cansancio, dolor e incertidumbre. Sin embargo, la experiencia nos habla de que la lactancia en sí misma actúa como experiencia confirmatoria y ansiolítica, generando en la mamá placer y un recuerdo que se nutre de buenos momentos, que le brinda confianza en sí misma, conocimiento personal -físico y emocional-; y del bebe: la mamá comienza a decodificar su llanto,  sentando las bases para un buen vinculo madre-hijo.

Dar de mamar implica más que suministrar leche al bebé. Es darle tiempo, darte tu tiempo, paciencia, contención, tolerancia y privacidad. Laura Gutman, Psicoterapeuta familiar especializada en la atención de madres de niños pequeños y parejas, sostiene que dar de amamantar es “conectarse con el bebé; es un acto de amor en donde debe haber intimidad y dedicación.  

Como dice el Dr. Carlos González -Pediatra y autor de varios libros sobre crianza, alimentación y salud infantil- “la lactancia materna no es una herramienta para conseguir salud,  sino es parte de la salud misma”.